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Invocación al Espíritu Santo-Tipología de la oración

Por: Víctor Hugo Mena Hernandez | Fuente: Catholic.net
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INVOCAR AL ESPIRITU SANTO
“Nadie conoce lo intimo de Dios, sino el Espíritu de Dios” 1 Cor 2,11.

Hay que orar invocando la presencia del Espíritu Santo en nosotros: Pedirle al Espíritu Santo que nos ilumine, que llene nuestro entendimiento y nuestro corazón. Pedirle que derrame sus carismas y frutos que El suscita con la lectura de la Biblia. La Iglesia, nos enseña, que ésta ha de ser leída con el mismo Espíritu con que fue escrita. (Dei Verbum 12). El Espíritu, que viene en auxilio de nuestra debilidad y nos enseña a orar como conviene (Rom 8, 26), conduce a que la Biblia sea Palabra de vida para la Iglesia y para el creyente.

Antes de empezar cualquier lectura, comprensión e interpretación de la Biblia hemos de invocar la presencial de Aquel que ha inspirado a los que la escribieron: El Espíritu Santo. El creó las condiciones y dio la fuerza e inteligencia a los escritores sagrados. Igualmente asistió a los Apóstoles y sucesores para reconocer los libros escritos en que se encontraba la auténtica Palabra de Dios. Sin la inspiración del Espíritu, la Escritura no existiría; sin su asistencia, no habría sido reconocida como tal; sin su ayuda, no puede ser entendida, ni vivida, ni mucho menos llevada a los demás.

El Espíritu Santo es quien nos conduce a la presencia de Dios. Solo Él puede hacernos entender verdaderamente lo que leemos. El Espíritu Santo es el guía, el conductor, el maestro interior que enseña a leerla, a comprenderla e interpretarla y es Él quien conduce la oración y la hace entregada y profunda. Todo intento por acercarnos a Dios es por impulso del Espíritu Santo. Sólo el Espíritu Santo es capaz de levantar nuestro espíritu a la altura de la Palabra de Dios. Sin el Espíritu, la Escritura se convierte en literatura o historia; en un mero objeto de estudio y ciencia. Sin el Espíritu su lectura puede hinchar y hacernos soberbios u orgullosos; con el Espíritu, edifica .

Con el Espíritu Santo en nuestra Oración, la Biblia es un libro vivo y que da vida. Con su ayuda en la oración podemos liberarnos de nuestras tristezas y penas pues él es el “Consolador”, con el Espíritu la oración va santificando poco a poco nuestra vida, es el “Santificador”; él nos vivifica y renueva cuando estamos cansados y abatidos pues es el “Vivificador”, él nos sana si estamos heridos y lastimados en nuestro interior porque es el “Sanador”, el escucha nuestras suplicas y las dirige al Padre por ser el “Intercesor”.


Nuestra oración tiene que ser siempre en el Espíritu, 
tenemos que invocarlo con sencillez y confianza
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Por: P. Pedro Barrajón, L.C. | Fuente: Catholic.net


Llenos de gozo del Espíritu
Una de las más bellas oraciones de Jesús, nos dice el Evangelista San Lucas, es la que realizó “lleno del gozo del Espíritu Santo” (Lc 10, 21). Así, lleno del gozo de la presencia del Espíritu Santo, Jesús bendice al Padre, llamándolo Señor del cielo y de la tierra, y reconociendo que muchas verdades Él las oculta a los sabios e inteligentes, pero que las revela a los pequeños.

Así es su voluntad. Así como Jesús se llenó del Espíritu Santo para rezar, así nosotros necesitamos comenzar nuestra oración invocando al Espíritu Santo: “¡Ven Espíritu Santo! Enciende en mi alma el fuego de Tu amor!”.

La mejor forma de iniciar la oración
A veces no sabemos lo que tenemos que pedir, nos podemos sentir confusos, desorientados, desanimados, llenos de mil preocupaciones, con la conciencia de que somos pecadores, abrumados por la tristeza, faltos de entusiasmo: no importa. Siempre podemos acudir al Espíritu Santo.

San Pablo nos dice que “el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza” (Rom 8, 26). El Espíritu Santo viene en ayuda de nuestra debilidad. Jesús nos dijo que no nos dejaría solos sino que enviaría al Espíritu Santo. En la oración no estamos solos. Tenemos al Espíritu Santo. Es verdad que muchas veces no sabemos qué hacer, ni cómo orar, que no sentimos la suficiente concentración de la mente o del corazón. Pues ahí viene el Espíritu, en ayuda de nuestra debilidad y flaqueza. San Pablo añade que “no nosotros no sabemos orar como conviene” (Rom 8, 26), ni siquiera podemos saber a veces si las peticiones que hacemos pueden ser justas, pero “el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables”.

San Pablo habla de una especie de “llanto” del Espíritu, que intercede ante el Padre por nosotros. ¿Y cómo no va a ser escuchada la oración del Espíritu del Hijo? ¿Cómo va a quedar vacía la oración y la vida de quien se pone confiadamente en las manos de este Espíritu, en el que podemos exclamar “¡Abbá!¡Padre!”? ¡Qué maravillosa confianza la de quien sabe que en el Espíritu puede llamar a Dios Padre, Papá!

Cómo debe ser nuestra invocación al Espíritu
Nuestra oración tiene que ser siempre en el Espíritu, tiene que invocar con sencillez y confianza al Espíritu para que venga en nuestra ayuda pues “su intercesión a favor de los santos es según Dios”. Ese Espíritu que es el mismo de Cristo y que es el que también anima la Iglesia en su caminar por el mundo, llena de vigor y de fuerza la oración de los fieles que lo invocan con fe. Quien ora en el Espíritu, caminará en el Espíritu, estará abierto a las sorpresas del Espíritu, pero también a su dulce compañía, a la ternura y misericordia del Padre.

No temamos a abrirnos al Espíritu en nuestra oración, no temamos pedirle los mayores dones, no creamos que el Espíritu es una especie de “figura decorativa” en la vida cristiana, o una prerrogativa de figuras carismáticas. El Espíritu Santo es la gran promesa de Cristo, es el Espíritu de amor y de verdad, es quien nos revela la gran vocación y misión del cristiano, es quien llena nuestros corazones de la caridad de Dios.

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Invocación al Espíritu Santo

Ven, Espíritu Santo,
llena los corazones de tus fieles,
y enciende en ellos el fuego de tu amor.

Envía tu Espíritu Creador
y renueva la faz de la tierra.

Oh Dios,
que has iluminado los corazones de tus hijos
con la luz del Espíritu Santo;
haznos dóciles a sus inspiraciones
para gustar siempre el bien
y gozar de su consuelo.

Por Cristo nuestro Señor.

Amén.


El contenido es cortesía de: www.la-oracion.com


INVOCACIONES
AL ESPÍRITU SANTO

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1. Espíritu Santo, visítame con tu Presencia densa y ligera, sacúdeme con tu azote semejante a una caricia, atráeme, con el imán de tu Amor, hacia la puerta estrecha por donde se entra al Reino inmenso e inefable del Amor de nuestro Padre Dios.

Haz espacio en mí, para que resuene, como un eco, en el paisaje de mi cuerpo y de mi alma, la Palabra de Jesús, la única Palabra con poder de salvar.

Visítame, Señor y Dador de Vida, para que pueda ser yo cauce de tu Vida en abundancia.

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2. Ven, Señor, y llévame a un lugar interior en el que mi mente pueda reposar en ti, pararse en ti, descansar de su inquietud continua, y dejarse encontrar en tu silencio.

Llévame más allá, más adentro, del oleaje agitado de mis preocupaciones y proyectos. Llévame a ese jardín secreto en el que Tú me esperas siempre para hacerme nuevo, aunque yo falte a la cita, una y otra vez, perdido en el bullicio de mi corazón extrovertido.

Condúceme a ti, Señor, te lo suplico, hoy que mi alma te busca con hambre y sed de tu Palabra de Vida.

Que ella sea lámpara para mis pies de caminante, todos los días.



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3. Dios de nuestros padres, santo y misericordioso, que con tu palabra hiciste todas las cosas, y, ayudado por el Espíritu de la Sabiduría, nos formaste a tus hijos e hijas, y modelaste todo cuanto existe, dame tu Sabiduría, que te asistió cuando hacías el mundo, y que sabe lo que es grato a tus ojos.
Mándala desde tu seno, para que me asista en mis anhelos y búsquedas, en mis interrogantes y en mis respuestas, porque soy demasiado pequeño para discernir la verdadera riqueza de la vida y el camino de la felicidad.
Sin embargo, ella lo conoce todo, y me guiará prudentemente en mis pasos, y me mostrará, en tu palabra, la senda de tu voluntad.


4. Jesús, Maestro Bueno, enséñame a mirar la vida como Tú, a aprender que la vida es un regalo del Padre para los demás.
Enséñame a valorar el tiempo como una posibilidad para mejorar y crecer en Ti, en tu conocimiento, en tu seguimiento, en tu Amor.
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Jesús, Maestro Bueno, enséñame a sentir como Tú, ayúdame a comprender que el poder y la supremacía sobre los otros son vacío y vanidad, apariencias huecas incapaces de satisfacer mi profundo anhelo de felicidad y de sentido.

Hazme ver la dicha que brota de realizar los pequeños servicios cotidianos, enséñame a ser un servidor de mis hermanos y a poner a disposición de todos los dones que Tú me has dado. Amén.



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5. Ven, Espíritu Santo, ilumina mi mente, abre mi corazón, toma mis manos, para que comprenda el mensaje de la Palabra, para que sienta la profundidad del amor divino, para que camine abriendo mis manos a los que necesitan curación y misericordia.

Ven, Espíritu Santo, aumenta mi fe en el Dios que ama a todos, santos y pecadores; dame el amor que abraza a todos los hombres y mujeres del mundo entero; afianza mi esperanza en medio de mis debilidades, limitaciones e incapacidades.

Ven, Espíritu Santo, yo solo sé que no puedo hacer nada; acompáñame, guíame, llévame, para que pueda llegar al abrazo del Padre, para que pueda seguir las Palabras y enseñanzas del Hijo, para que pueda caminar con los demás, con amor, fe y misericordia, con la fuerza, la luz y la ternura que vienen solo de Dios.


6. Espíritu de vida, de la vida sin fronteras, ven y condúceme hasta los pastos abundantes donde tu Palabra quiera conducirme, hasta las fuentes que has preparado para mí; para que yo me sacie de tu presencia y goce con la sobreabundancia de tus dones.

Sorpréndeme, Espíritu de vida y, una vez más, que tu Palabra me guíe donde jamás hubiera soñado.

Tú que eres Don derrámate sobre mí y desbórdame con tu hermosa y rica presencia. Derrámate y consuélanos con tu amable llegada.

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7. Espíritu Santo, Amor del Padre y del Hijo, visítanos hoy con tu sabiduría e inteligencia espiritual, ilumina los ojos de nuestro corazón para que podamos comprender el sentido de las Escrituras, el mensaje que Jesús Maestro Verdad nos quiere comunicar en este día.

Haz que la Palabra que escuchamos resuene en nuestro corazón y pase del corazón a la vida.
 Que no seamos sólo “oyentes” de la buena Noticia, sino que, con tu gracia, la llevemos a la práctica.

¡Ven, Espíritu Santo! Abre nuestra mente, voluntad, corazón y haznos acogida de la Palabra de la Verdad y de la Vida.


8. Espíritu del Señor, Espíritu que sorprende cuando llega y hace brotar la Vida, haz fértil mi campo.

Lejos de ti la fuerza y el poder que usan los hombres, más tú presencia es más fuerte y potente que cualquier riqueza de este mundo.
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Por eso, a ti te invoco, ven y fecunda este campo que te espera, que se abre a ti gozoso para acoger la Palabra divina, la única que puede darme respuesta, la única que puede saciar mi sed, la única que puede hacer fértil este terreno.

Ven y concédeme tu plenitud; ven, que mis sentidos te acojan; ven, que mi espíritu se goce contigo; ven, que mi hambre se satisfaga en tus dones.


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9. Ven, Espíritu Santo, y convierte mis oídos, mi corazón, y toda mi persona en tierra buena capaz de acoger la Palabra, como una semilla, y hacerla germinar.

Ven, Espíritu de la Vida, desciende y derrámate sobre mí, como una llovizna suave se derrama, penetra, refresca y fecunda un campo destinado a dar fruto.

Ven, y ayuda el leve pero continuo crecimiento de mi ser, hacia la criatura nueva, hecha a imagen de Jesucristo, mi Maestro y mi Señor.
Amén.




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10. Espíritu de Vida, te invoco sinceramente: ven en ayuda de mi debilidad.

Ven, Espíritu de Dios, y habita en mi flaqueza para que tu fuerza sea patente en mi existencia.

Ven, presencia renovadora y pueda yo, en mi fragilidad, acoger la Palabra de la Vida.

Ven a mí, injusto y pecador, y por tu poder creador se encarne en mí la Buena Noticia.

Ven a mí, Espíritu de la Verdad, toma posesión de mi corazón y de mi mente, acomódate en mi hogar, conduce mi vida cotidiana según los designios de Dios Padre-Madre.

Ven a mí, ven a tu Iglesia y hazla gustar de tu gozo embriagador, en la acogida diaria y confiada de la única Palabra que salva.


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11. Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo. Padre amoroso del pobre; don, en tus dones espléndido; luz que penetra las almas; fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo, tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma, divina luz, y enriquécenos. Mira el vacío del hombre si tú le faltas por dentro; mira el poder del pecado cuando no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo, lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo, doma el espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones según la fe de tus siervos; por tu bondad y tu gracia dale al esfuerzo su mérito; salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno. Amén.

12. Ven a mí, Espíritu Santo,
Espíritu de sabiduría: dame mirada y oído interior para que no me apegue a las cosas materiales, sino que busque siempre las realidades del Espíritu.

Ven a mí, Espíritu Santo, Espíritu de amor: haz que mi corazón siempre sea capaz de más caridad.

Ven a mí, Espíritu Santo, Espíritu de verdad: concédeme llegar al conocimiento de la verdad en toda su plenitud.

Ven a mí, Espíritu Santo, agua viva que lanza a la vida eterna: concédeme la gracia de llegar a contemplar el rostro del Padre en la vida y en la alegría sin fin. Amén.



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13. Espíritu Santo, eres el alma de mi alma, te adoro humildemente. Ilumíname, fortifícame, guíame, consuélame. Y en cuanto corresponde al plan eterno Padre Dios revélame tus deseos.

Dame a conocer lo que el Amor eterno desea en mí. Dame a conocer lo que debo realizar. Dame a conocer lo que debo sufrir.

Dame a conocer lo que con silenciosa modestia y en oración, debo aceptar, cargar y soportar. Sí, Espíritu Santo, dame a conocer tu voluntad y la voluntad del Padre.

Pues toda mi vida no quiero ser otra cosa que un continuado perpetuo Sí a los deseos y al querer del eterno Padre Dios.


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14. Santo Espíritu de Dios, en un instante, en Pentecostés, transformaste a los discípulos miedosos que se escondían en el cenáculo, en almas fuertes y ardientes.
Tú los hiciste salir de aquel encierro, lanzándolos a una grandiosa empresa apostólica.

Transforma ahora nuestros corazones, débiles y temerosos, en corazones intrépidos desbordantes de alegría.

Comunícanos un ardor indomable, una caridad dinámica que se entregue sin reservas a extender el reino de Dios.

Con tu soplo ardiente mueve nuestra voluntad para hacer el bien en la oración, con el ejemplo y en la acción.

Haz que difundamos con gozo alrededor nuestro las riquezas espirituales que tú has acumulado en nuestra alma a través de nuestra vida.

Renueva, por nuestro medio, el misterio de Pentecostés, con la expansión victoriosa de un amor irresistible y una fe a toda prueba. Amén.
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