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Aceptación de la voluntad de Dios en nuestras vidas

Formación de la voluntad y del corazón
La voluntad de Dios en nuestras vidas es una llamada a una vocación al amor.


Por: Mayra Novelo de Bardo | Fuente: Catholic.net 

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Esquema de la sesión:
1. La voluntad de Dios en nuestras vidas: una vocación al amor
2.-La formación de la voluntad
3. la formación de los sentimientos
4. La formación del corazón de apóstol


5.3 Aceptación de la voluntad de Dios en nuestras vidas (formación de la voluntad y formación del corazón).

“Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva. En su Evangelio, Juan había expresado este acontecimiento con las siguientes palabras: « Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que todos los que creen en él tengan vida eterna » (cf. 3, 16). 

La fe cristiana, poniendo el amor en el centro, ha asumido lo que era el núcleo de la fe de Israel, dándole al mismo tiempo una nueva profundidad y amplitud. En efecto, el israelita creyente reza cada día con las palabras del Libro del Deuteronomio que, como bien sabe, compendian el núcleo de su existencia: « Escucha, Israel: El Señor nuestro Dios es solamente uno. Amarás al Señor con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas » (6, 4-5). 

Jesús, haciendo de ambos un único precepto, ha unido este mandamiento del amor a Dios con el del amor al prójimo,contenido en el Libro del Levítico: « Amarás a tu prójimo como a ti mismo » (19, 18; cf. Mc 12, 29- 31). Y, puesto que es Dios quien nos ha amado primero (cf. 1 Jn 4, 10), ahora el amor ya no es sólo un « mandamiento », sino la respuesta al don del amor, con el cual viene a nuestro encuentro”.

Carta encíclica «Deus caritas est», «Dios es amor»


1. La voluntad de Dios en nuestras vidas: una vocación al amor

Tal y como menciona el texto de la carta encíclica “Deus caritas est”, los cristianos estamos llamados a vivir una vocación al amor. Amar pues el gran proyecto de la vida, nuestro mayor negocio, la vocación más sublime. Y para nosotros cristianos, el amor como camino, verdad y vida, no es una idea vaga o un proyecto filantrópico, tiene un rostro muy concreto, es una persona: Jesucristo.

Ser como Cristo se convierte en nuestro programa de vida. En él encontramos el modelo de hombre perfecto, del amor realizado en la entrega y en la donación sincera de sí mismo a los demás. Y amar es cumplir sus mandamientos (cf. Jn 14,21-24¸ Jn 2, 3-6); recorrer siempre el camino concreto que, en muchas ocasiones se hace estrecho y cuesta arriba por el peso de la cruz (cf. Lc 13, 24; Mc 8, 31-38).

Y la vida como vocación, como llamada, no se reduce sólo, a aquella primera llamada por la que fuimos creados y destinados a ser como Cristo. Dios continúa llamándonos todos los días, en cada momento va explicitando las exigencias de esa llamada original que resuena como un eco en nuestro corazón. Cada gracia, cada evento o circunstancia que Él permite en nuestra vida es una posibilidad de encuentro personal con Cristo, una nueva llamada a corresponder con generosidad a su amor.

Como consecuencia de nuestro ser cristiano, gozamos de un verdadero banquete de bendiciones: el don del bautismo por el cual podemos llamar a Dios padre y en consecuencia también somos llamados a ser hijos de nuestra madre la Iglesia, entramos a formar parte de la gran familia de Dios y herederos del cielo; los sacramentos de la confirmación, la eucaristía y de la reconciliación; el alimento de la palabra de Dios en la Sagrada Escritura, la liturgia, la comunión de los santos; la ayuda de los sacerdotes; las enseñanzas y el ejemplo del Papa, etc.

¡Cuántas voces de Dios, también a través de la vida de todos los días, del encuentro fortuito con una persona, de una conversación, de una lectura, de una experiencia! ¡Cuántas lecciones nos manda Dios a través del sufrimiento y de las enfermedades, instrumentos eficaces de purificación y de desprendimiento interior, que ayudan a aferrarnos únicamente a Dios y a lo eterno!

Pero para reconocer la voz de Dios, el llamado de Dios es importante escucharlo y de esta manera cumplir la voluntad de Dios que en definitiva sería realizar nuestra vocación al amor.

Un medio concreto para crecer en el cumplimiento de la voluntad de Dios, y ya tratado en uno de los temas del curso, es la oración. 

En ella debemos dejar que Dios vaya modelando toda nuestra persona, es decir, nuestro entendimiento, voluntad y sentimiento. Que nuestros pensamientos sean siempre acordes con el pensar de Dios, entrando cada vez más profundamente en la manera propia de Jesús de ver las cosas; que nuestras acciones vayan siempre dirigidas a agradar a Dios, que nuestros mismos sentimientos sean como los de Cristo. Orar es aprender de Cristo y moldear nuestra personalidad como la de Él de modo que nuestro querer y el de Dios coincida cada vez más. Un ejemplo claro de esto es san José:

“Era José, decíamos, un artesano de Galilea, un hombre como tantos otros. Y ¿qué puede esperar de la vida un habitante de una aldea perdida, como era Nazaret? Sólo trabajo, todos los días, siempre con el mismo esfuerzo. Y, al acabar la jornada, una casa pobre y pequeña, para reponer las fuerzas y recomenzar al día siguiente la tarea (...). José era efectivamente un hombre corriente, en el que Dios se confió para obrar cosas grandes. Supo vivir, tal y como el Señor quería, todos y cada uno de los acontecimientos que compusieron su vida. Por eso, la Escritura Santa alaba a José, afirmando que era justo (Cfr. Mt I, 19.). Y, en el lenguaje hebreo, justo quiere decir piadoso, servidor irreprochable de Dios, cumplidor de la voluntad divina (Cfr. Gen VII, 1; XVIII, 23–32; Ez XVIII, 5 ss; Prv XII, 10.); otras veces significa bueno y caritativo con el prójimo (Cfr. Tob VII, 5; IX, 9.). En una palabra, el justo es el que ama a Dios y demuestra ese amor, cumpliendo sus mandamientos y orientando toda su vida en servicio de sus hermanos, los demás hombres”.
Es Cristo que pasa, 40

2.-La formación de la voluntad

Todas estas verdades recordadas en este tema y en los anteriores y que el director espiritual debe enseñar, recordar y hacer vivir al dirigido, necesitan de la formación de la voluntad para ser transformadas en hechos concretos, en forma de vida.

La voluntad es la facultad que nos permite transformar nuestras ilusiones en hechos. Por eso es el ámbito normal en el que se desarrollan los proyectos de vida. Ella es la pieza clave del edificio de la personalidad. Desde un punto de vista natural, el valor de un hombre depende en gran parte de cuánto haya logrado formar esta facultad "timonel" de su personalidad. Ella, con la gracia de Dios, forma el eje de todo empeño espiritual, humano, apostólico e intelectual del hombre. Si un hombre sin ideal es un pobre hombre, podemos decir que un ideal sin formación de la voluntad es una utopía.

La opción fundamental, la autenticidad, la conciencia, los estados de ánimo, los dones y las cualidades naturales, corren un riesgo muy grave sin esta formación de la voluntad.

a) Cualidades de una voluntad bien formada

Siendo importante formar bien la voluntad, es preciso saber en qué consiste una voluntad bien formada. Una voluntad bien formada es dócil a la inteligencia, es decir, está lejos del capricho y del irracionalismo. Debe llevar a la realización nuestras convicciones profundas bajo la luz de la razón iluminada por la fe. Además, la voluntad tiene que ser eficaz y constante en querer el bien. No basta ser bueno cuando "me siento inspirado", se ha de perseguir el bien siempre y en todo lugar. Tampoco basta querer ser feliz o querer amar a Dios, la voluntad debe tener la eficacia de poner estos deseos en marcha. Más aún, una voluntad bien formada tiene que ser tenaz ante las dificultades, no desesperarse ante ellas, no aburrirse con el paso del tiempo, ni relajarse con la edad. Sabe convertir las dificultades en victorias, creciendo en su opción fundamental y en su amor real.

Por encima de todo esto, una buena formación de la voluntad implica capacidad de gobierno de todas las dimensiones de la persona con suavidad y firmeza.


b) Medios para la formación de la voluntad 

Pero, ¿cuáles son los medios para formar la voluntad? Una respuesta sencilla y corta puede ser: ejercitarla en querer el verdadero bien, quererlo con constancia y con eficacia. Entendido bien esto, sobra todo lo demás.

A veces, al hablar de la formación de la voluntad, se piensa en la represión. Nada más opuesto a la verdad. Ciertamente la formación de la voluntad requiere dominio de sí,pero no se trata de una acción puramente negativa, "rechazar"; se trata, ante todo, del "querer". Por lo tanto, el esfuerzo es para que la voluntad esté polarizada por el amor a Dios y por la identificación con Cristo como modelo. No es cuestión de formar personas con mucho aguante ante el dolor físico o moral, sino de formar personas que amen mucho a Dios y que sepan plasmar este amor en hechos reales.

Hay muchos otros medios de orden práctico para la formación de la voluntad. Pero, antes de pasar a éstos, es necesario recordar que en toda esta obra se deben tener siempre presentes los motivos: el amor a Dios, la imitación de Cristo, la formación de una personalidad auténtica y madura, el cumplimiento de la vocación al amor. Esto es importante cuando consideramos el hecho de que la formación de la voluntad es uno de los campos más costosos en toda formación humana.

Si vamos a la vida ordinaria, vemos que hay incontables ocasiones para formar la voluntad: renunciar al propio capricho optando responsablemente por el cumplimiento del deber, renunciar a los propios planes individuales optando libremente para seguir la vida familiar, renunciar a dejarse llevar por el cansancio, el pesimismo o los sentimientos negativos y optar libremente por un camino de serenidad y control de sí, renunciar a una vida llena de comodidades y optar por la austeridad de vida aun en cosas pequeñas, triviales.

Hay otros modos de entrenar diariamente la propia voluntad para que llegue a ser eficaz y constante: no retractarse con demasiada facilidad de las resoluciones tomadas, exigirse llevar a término toda obra iniciada, poner especial atención en los detalles que exigen esfuerzo, como cuidar el orden en casa y en la oficina, la puntualidad, cuidar las palabras a la hora de hablar, esforzarse en el aprovechamiento del tiempo, la dedicación al estudio, al trabajo y a la oración. En fin, son muchas las oportunidades, cualquier situación puede representar una ocasión para ejercitar la voluntad en la constancia y la eficacia del amor.

3. Formación de los sentimientos

Pero la voluntad de Dios además de aceptarla se debe amar. Y para amar es necesaria la formación de la afectividad. Trataremos sólo algunos puntos importantes.
Las pasiones

La pasión es una tendencia que se desarrolla de modo superior al normal. Esto puede ocurrir tanto con las tendencias intelectivas, como en las sensitivas. Pasiones de la naturaleza sensible son, por ejemplo: la tendencia a alimentarse, al descanso, a la propia conservación, a la reproducción, etc.; y de naturaleza espiritual: la tendencia a la verdad, a la belleza, a la sana afirmación de sí.

Las pasiones no son, de por sí, negativas. Simplemente son fuerzas de mayor o menor intensidad. Es por tanto erróneo pensar que la formación de las pasiones consiste en reprimirlas o suprimirlas. Más aún, sería contraproducente: su ímpetu natural, reprimido, podría sumergirse en el subconsciente, y desde ahí dar batalla sin ser advertido. Al contrario, el sentido de la formación de las pasiones es encauzar recta y firmemente su valioso potencial sublimándolo y dirigiéndolo, de modo que sean estímulo y fuerza para realizar grandes empresas.

Ahora bien, como sabemos, el pecado ha dejado al hombre en guerra civil interior. El desorden creado por él en su naturaleza hace que las fuerzas pasionales puedan empujar en direcciones contrarias a aquella que el sujeto trata de seguir consciente y libremente, según la recta razón y a la luz de la fe. Por ello, aunque las pasiones sean en sí fuerzas positivas, podemos hablar de una dirección positiva o negativa de sus impulsos, según vayan en armonía o contradigan el ideal de vida del individuo. Hay, pues, dos medidas a tomar, simultáneas y complementarias: fomentar lo positivo y rectificar lo negativo. 

Es importante señalar con Santo Tomás, que nuestro influjo sobre las pasiones no es "despótico", sino "político". Las fuerzas pasionales tienden hacia su propio objeto siguiendo mecanismos automáticos. La voluntad no tiene un dominio directo sobre ellas. Por ello se requiere un trabajo indirecto, "político", a través de ciertos recursos que pueden apaciguar, "distraer" o reencauzar esas energías.

El primer y fundamental recurso es la polarización por un ideal. El amor profundo al propio ideal de vida hace que se polarice en torno a él toda la personalidad. No sólo la inteligencia y la voluntad, sino también las pasiones, entrarán en juego según la dirección unitaria de la persona.

Pero no basta con querer el ideal. Las pasiones pueden "rebelarse" en cualquier momento, dado su automatismo natural. Se requiere vigilancia y firmeza para evitar las causas de la pasión rebelde. La experiencia personal enseña a conocer algunas situaciones o circunstancias, externas o internas, que suelen estimular las tendencias naturales en direcciones desviadas.

En ocasiones puede ser muy útil poner en acción la pasión contraria a la que está "dando lata". Me doy cuenta de que me está dominando la desesperación. Quizás no es fácil controlarla directamente. Pero puedo poner en juego mi inteligencia o mi imaginación para encontrar estímulos que provoquen la pasión de la esperanza, que contrarrestará o incluso anulará las tendencias negativas.

Es posible también encauzar las pasiones hacia objetos adecuados a ellas y a la vez conformes con las propias convicciones. En lugar de dejar que el odio se dirija hacia quien nos ha hecho un mal, podemos orientarlo contra el pecado; contra el pecado de odiar al prójimo, por ejemplo, facilitando incluso de ese modo la capacidad de perdonar. En vez de abandonarnos a la tristeza podemos usar esa tendencia para compenetrarnos con el sufrimiento redentor de Cristo, de modo que lleguemos a valorarlo tanto que sintamos la alegría profunda de sabernos amados por él hasta semejante extremo.

Hay que estar también muy atentos a controlar el crecimiento de las pasiones. Si dejamos que cualquier pasión se desarrolle desmesuradamente, puede llegar un momento en que tome ella las riendas de nuestra personalidad. Cuando se llega a ese estado, la persona se ve absorbida, ajetreada, totalmente focalizada por el impulso pasional en cuestión. Las demás pasiones, el cuerpo, y hasta la inteligencia y voluntad se encuentran sometidos a ella. Las consecuencias pueden ser desastrosas: comportamientos en diametral oposición a las convicciones y la opción de vida de la persona, e incluso, sobre todo si la fuerza pasional persiste en el tiempo, el desarrollo de una patología psicológica.

Otro recurso para educar nuestro mundo pasional es la reflexión sobre los motivos de la propia actuación. Mirar hacia dentro de vez en cuando y preguntarnos: estos pensamientos, esta reacción, este propósito que estoy a punto de hacer, ¿de dónde vienen? ¿de lo que mi razón ha visto como más conveniente y mi voluntad quiere libremente? ¿no me estoy dejando llevar, más bien, por impulsos pasionales?

Por último, cuando todas las medidas han sido insuficientes, puede ser muy sabio recurrir a una "congelación temporal": cuando nos damos cuenta de que la pasión se ha encendido en nuestro interior y nos empuja ciegamente en una dirección indebida, es conveniente no actuar, no tomar ninguna decisión importante en ese estado, esperar a que vuelva la calma.

Formación de los sentimientos

Se suele llamar sentimiento a un fenómeno psíquico de carácter subjetivo, producido por diversas causas (estados de ánimo vitales o pasajeros, reacciones inconscientes ante el medio ambiente, estado físico, acontecimientos, situaciones, etc.) y que impresiona favorable o desfavorablemente a la persona, excitando en ella diversos instintos y tendencias.

Saber cuáles son las diversas clases de sentimientos nos ayudará para conocernos en este punto. Un primer grupo son los sentimientos vitales. Nacen del conjunto de percepciones que tienen como objeto nuestro propio organismo y, según sean, confieren a la vida un sentido de bienestar o de malestar, de frescura o de pesadez. El humor es una resonancia de los sentimientos vitales que repercute en todas las esferas de la vida.

Un segundo tipo está formado por los sentimientos de la propia individualidad. Entre ellos tenemos el sentimiento del propio poder y del propio valor: de capacidad o inferioridad, de suficiencia o insuficiencia que se basa sobre la aprensión de la propia dignidad, dotes y cualidades; puede fundarse más sobre la propia opinión o más sobre la opinión de los demás.

Otros sentimientos surgen como reacción al mundo externo: el sufrimiento, la esperanza, la resignación, la desesperación. Por otra parte se dan los sentimientos corporales (hambre, sed, cansancio, etc.); los de índole psíquica como la tristeza que oprime, la alegría que exalta, la gratitud que conmueve, el amor que enternece, etc.

Es evidente que dentro de este cuadro de sentimientos debe existir una jerarquía y armonía. Jerarquía para que la vida del espíritu, y en general la del hombre, no sea caótica. Cuando se deja curso anárquico a los sentimientos la vida de las personas se hace caprichosa e imprevisible. Cuando los sentimientos corporales acaparan a la persona, el centro de su personalidad se traslada a la piel o al estómago. Y lo mismo podemos decir de los sentimientos meramente psíquicos: en cuanto son puramente sensitivos carecen de razón y mesura, no buscan sino desahogarse. Pero en ese desahogo pueden llevar a remolque toda la vida de la persona.

Finalmente, los sentimientos espirituales que representan el don más precioso de la sensibilidad humana: una simpatía afectiva o empatía con el bien y la virtud, suscitados en el alma por la presencia, o ausencia, del bien moral: gratitud, amistad, aprecio por la sinceridad, etc. Todo el desarrollo de nuestra psique debe colaborar en el desarrollo y fortalecimiento de tales sentimientos sin por ello atropellar a los demás que son también parte característica del hombre.

La formación de los sentimientos busca aprovechar su fuerza encauzándola al bien integral de la persona y al servicio de la misión confiada por Dios. Así los sentimientos enriquecen notablemente al formando y lo hacen capaz de experiencias humanas profundas, de acercamiento a Dios y a los hombres. Un primer paso indispensable consiste en reconocer que siempre está en nuestras manos la posibilidad de controlar, orientar y armonizar la propia personalidad, con toda su riqueza, haciéndola noble, fuerte y dueña de sí. 

Pero para poder formarse en este campo -como segundo paso-, el orientado ha de analizar y conocer los propios sentimientos, principalmente los predominantes, y ser consciente del grado de influencia que tienen en su comportamiento, pues el sentimentalismo puede causar graves estragos en la formación. Ordinariamente estos factores dependen del temperamento, por el cual se tiende a la alegría o a la tristeza, al optimismo o al pesimismo, a la exaltación o a la depresión. El director espiritual ha de ayudar al orientado a descubrir esta componente habitual de su temperamento, con sus potencialidades, sus aspectos positivos y negativos y sus implicaciones; a aceptarse serena, gozosa y agradecidamente, y a ejercitar una labor constante y positiva de control, armonía, equilibrio y progreso.

El medio principal de formación del sentimiento es el mismo que comentamos ya en el apartado de las pasiones: fomentar lo positivo, rectificar lo negativo. Si el sentimiento ayuda, sea bienvenido; si entorpece, debilita, distrae, entonces la voluntad del orientado deberá entrar en acción para fomentar el sentimiento opuesto, para centrar la atención en otra cosa, etc. A este propósito algo muy necesario para lograr el dominio y la formación de los sentimientos es educar la imaginación y no dejarla divagar inútilmente, pues las imágenes por su naturaleza llevan a la acción que representan y provocan los sentimientos correspondientes.

Este mismo mecanismo se puede poner al servicio de persona cuando ésta da paso y, en cierto sentido, fomenta los sentimientos que acompañan sus convicciones: entusiasmo por su vocación cristiana, fervor más sensible en su amor a Dios, compasión por los hombres, etc. Así los principios libremente escogidos dejan de ser algo frío e intelectual y pasan a ser, con mayor integralidad humana, convicciones operantes. A la atracción objetiva que el valor suscita se añade una carga subjetiva de resonancia.

Como resultado de este esfuerzo el orientado adquiere una ecuanimidad estable que consiste en el predominio habitual de un estado de ánimo sereno, equidistante entre la alegría desorbitada y el abatimiento. Desde el punto de vista ascético, es habituarse a cumplir la voluntad de Dios, con el sostén de la voluntad, la fe, y el amor, en las diversas circunstancias de la vida. La orientación hacia este ideal irá creando una actitud habitual de sano optimismo sobrenatural capaz de transformar cualquier estado de ánimo en factor positivo. Todo es gracia para el corazón enamorado de Dios; o como dice San Pablo: «Para los que aman a Dios, todo contribuye al bien» (Rm 8,28). Quien ama su vocación cristiana y se identifica plenamente con ella llega a formar un estado de ánimo habitual positivo y fecundo.

4. Formación del corazón apostólico

Lo más importante, lo primero, es forjar en cada seglar, religioso o sacerdote que orientamos, la personalidad y el corazón del apóstol celoso, consciente del sentido de su misión.
 Lo demás, las técnicas y metodologías, servirán únicamente si existe esa base. Porque el cristiano ha sido llamado a ser apóstol.

Celo apostólico y conciencia de la misión 

El amor a Cristo lleva al orientado a identificarse con él, y con su amor ardiente por la humanidad. Entonces se siente contagiado por la urgencia y el deseo apasionado de luchar infatigable y ardientemente por anunciar y extender el Reino por todos los medios posibles, lícitos y buenos, hasta conseguir que Jesucristo reine en el corazón de los hombres y de las sociedades.

Un cristiano con celo apostólico no se conforma con cumplir medianamente las tareas correspondientes a su cargo. Se convierte en cambio en el hombre que sirve de guía a sus hermanos, el pastor que los conoce, los convence, se entrega por ellos; el hombre que echa mano de los medios más eficaces para hacer llegar el Evangelio y la salvación a todos los hombres. El hombre que hace uso de la palabra en la predicación, en la conversación, en el encuentro fortuito, para anunciar a Cristo. El apóstol capaz de hablar, como Cristo, como san Pablo, en el campo o en la ciudad, en la iglesia o en la universidad, en la prisión o en el areópago, en una barca, en un viaje, en una reunión familiar.

Para formar ese celo apostólico es preciso que el orientado vaya tomando conciencia de la misión. Debe comprender que su misión se identifica con la misión de Cristo y, por tanto, que su vocación y su vida se injertan en la historia de la salvación. Desde el momento en que percibió la llamada de Dios, su historia personal se ha convertido en historia sagrada. Habrá momentos de cansancio, fracaso y desánimo. Pero siempre resonará de nuevo en su interior el grito del Apóstol: «¡Ay de mí si no predicare el evangelio!» (1 Co 9,16), porque siempre tendrá presente el mandato de Cristo: «id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación» (Mc 16,15).

Cuestionario 

Las siguientes preguntas son de uso persona
Tiene el objetivo de analizar nuestras disposiciones para vivir en la práctica el camino de la perfección cristiana, contenido principal de la dirección espiritual.

Saber que muchas almas no conocen a Cristo, que muchos lo odian, lo desprecian o son indiferentes, ¿me motiva a una mayor entrega? ¿Me interesa la salvación de todas las almas o sólo las de mi familia? ¿Apoyo a la construcción y extensión de la iglesia allí donde esté? ¿Estoy dispuesto a cualquier sacrificio para la salvación de aquellas almas que Dios ha puesto en mi cuidado? ¿Pongo al servicio de los demás los dones y capacidades que Dios me dio y los aprovecho para hacer crecer la Iglesia, o me busco y me encierro en “no sé” “no tengo tiempo”, “qué flojera”?¿qué importancia doy a la vida espiritual, de oración, sacramental, la dirección espiritual?¿Soy consciente que no puedo dar ni transmitir lo que no tengo?

Para afianzar lo aprendido

La formación espiritual supone y exige la formación humana (formación de la voluntad, las pasiones y los sentimientos).

¿Estás de acuerdo con esta frase? ¿Por qué? ¿Crees que muchos problemas en la vida del laico son más de índole humano que de vida espiritual? ¿Por qué? ¿Cuáles son las consecuencias de una vida espiritual cundo falta la formación humana (voluntad, pasiones, sentimientos)? Y ¿Cómo es una vida espiritual cuando encuentra una buena base de formación humana?
¿Por qué es importante que el director espiritual forme en el dirigido un corazón de apóstol?

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Balance espiritual antes de retirarse a descansar 
al final de la jornada diaria:

La práctica de examinarse a la luz de Dios con rigor y sinceridad, ayuda a mantener un proceso de superación y perfeccionamiento.

Al término de la jornada el cristiano da gracias a Dios por los dones que le han sido concedidos. Es un momento privilegiado para pedir perdón por no haberlos usado bien. Para invoca la protección divina y abandonare en las manos de Dios. El balance es un medio eficaz para que la persona pueda constatar en aquellas áreas de su comportamiento que más le interesen, sus progresos o deficiencias. La práctica de examinarse a la luz de Dios con rigor y sinceridad, ayuda a mantener un proceso de superación y perfeccionamiento. El balance debe ser, ante todo, un encuentro consigo mismo y con Dios, en un clima de oración y de diálogo con Jesucristo. El tema de este diálogo es el cumplimiento de la voluntad de Dios sobre la propia vida y el modo concreto en que se está realizando.

Comenzar el balance invocando el auxilio del Espíritu Santo para poder examinar la conciencia a la luz de Dios y agradeciéndole de corazón las luces y gracias que precedentemente haya otorgado. Pasar después a analizar los aspectos positivos y negativos de nuestra vivencia cristiana a lo largo del día, confrontándolos con el ejemplo de Jesucristo y lo que el Espíritu Santo vaya pidiendo con sus luces.

Practicar la humildad y el espíritu de compunción, reconociendo con absoluta sinceridad los fallos y progresos que se haya encontrado. Al final, pedir humildemente perdón por las fallas que se haya tenido, proponiéndose con firmeza rectificar aquellos puntos en que se ha apartado de la voluntad de Dios e invocar el auxilio del Señor para reemprender el camino sin desalientos, sereno y confiado en su gracia.

El Balance

Petición de luz
Señor y Dios mío, te doy gracias por los innumerables beneficios que me has concedido y muy especialmente por haberme creado, redimido, llamado a la fe católica y elegido para ser apóstol entre mis hermanos, por haberme librado de tantos peligros de alma y cuerpo. Ilumina mi entendimiento para que reconozca mis culpas y concédeme la gracia de un verdadero dolor y una sincera enmienda.

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Se proponen algunas preguntas para ayudar a hacer el balance diario, pero es aconsejable que, ayudado por un director espiritual, se formule algunas preguntas que respondan mejor y más directamente a la propia situación espiritual y apostólica.

1. ¿Vivo con la conciencia de ser hijo de Dios, de llevar impreso en el alma el sello de esta realidad? ¿Me comporto como hijo bueno y fiel? ¿Hay algo en especial de lo que Dios, mi Padre, puede estar satisfecho, o de lo que puede estar descontento? ¿He buscado hacer la voluntad de Dios en los diversos actos del día? ¿He puesto esta intención en ellos?
2. ¿He hecho con sinceridad, esfuerzo y fervor mis compromisos de vida espiritual?
3. ¿He cumplido mis deberes de estado (como hijo(a), como estudiante, como padre, como madre, como esposo(a), etc. ..), con honestidad y responsabilidad, con espíritu de servicio? ¿He buscado más la gloria de Dios y el bien de los demás que mis propios intereses personales?
4. ¿He vivido la caridad cristiana en pensamientos, palabras, actitudes y obras, haciendo el bien a los demás, contribuyendo a hacerlos felices, especialmente a los más cercanos, siendo paciente, no hablando mal de ellos, no guardando rencor, perdonando, ayudando en las ocasiones que se me han presentado, según mis posibilidades?
5. ¿Cómo he vivido mi condición de apóstol? ¿He puesto los medios y he aprovechado las ocasiones que se me han presentado para ganar almas para Cristo? ¿Tengo unos objetivos apostólicos claros y me he esforzado por conseguirlos? ¿He sido generoso en la donación de mi tiempo y de mis bienes para hacer avanzar los intereses de Jesucristo?
6. ¿Qué omisiones ha habido en mi conducta en este día?
7. ¿He cuidado la formación delicada de mi conciencia?
8. ¿Conozco mi defecto dominante? (Falta de piedad, orgullo, amor propio, vanidad, pereza, crítica negativa, envidia, gula, falta de caridad, frivolidad y superficialidad, sensualidad, omisión, irresponsabilidad en el trabajo, individualismo, indiferencia ante el bien común...). ¿Qué he hecho hoy para superarme?
9. ¿Qué ha sido lo más positivo de este día?
10. ¿Qué ha sido lo más negativo de este día?

Se termina el balance dedicando unos momentos al diálogo cordial y lleno de confianza con el Señor para agradecerle los logros alcanzados y para pedirle perdón por los fallos reconocidos y su ayuda para mejorar al día siguiente. Después se rezan las oraciones que siguen. El sentido del rezo del credo es el de profesar cada día más conscientemente la fe católica y pedirle a Dios la gracia de testimoniarla abiertamente y permanecer fiel a ella en toda integridad hasta el fin de la vida.

Padrenuestro
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu nombre; venga a nosotros tu Reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal. Amén.

Avemaría
Dios te salve, María, llena eres de gracia. El Señor es contigo. Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

Credo.
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