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40 Profesar nuestra fe. El Credo como oración-ESCUELA DE ORACION


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En la Eucaristía van apareciendo todas las distintas formas bíblicas de oración que hemos enumerado en este libro: la alabanza, la acción de gracias, la intercesión, la petición de perdón, el ofrecimiento, la aceptación, el acto de confianza, la invocación del Espíritu… También la eucaristía de los domingos acoge una forma bíblica de orar que es el Credo, la profesión de fe.

Todos los domingos del año, la asamblea cristiana, reunida en la Eucaristía, ora profesando su fe con una fórmula litúrgica tradicional. Se nos da la posibilidad de recitar el credo de los apóstoles, el más breve, o el credo de los concilios de Nicea y Constantinopla, la fórmula larga. También se pude profesar la fe de una manera dialogada, con preguntas y respuestas.

Esta costumbre de recitar el credo durante la liturgia estaba ya presente en el antiguo Israel con una fórmula breve. Una vez al año el campesino tenía que poner en una cesta las primicias de los productos cosechados y acudir al templo para presentarlos al sacerdote en una cesta. En este momento, tenía que hacer su profesión de fe delante del sacerdote, con una fórmula litúrgica:

"Yo declaro hoy al Señor mi Dios que he llegado a la tierra que el Señor juró a nuestros padres que nos iba a dar" (Dt 26,3).

Seguidamente el sacerdote tomaba la cesta y la ponía ante el altar, y entonces el campesino continuaba su profesión de fe:

"Mi padre era un arameo errante que bajó a Egipto y residió allí como inmigrante siendo pocos aún, pero se hizo una nación grande, fuerte y numerosa. Los egipcios nos maltrataron, nos oprimieron y nos impusieron dura servidumbre. Nosotros clamamos al Señor, Dios de nuestros padres, y el Señor escuchó nuestra voz, vio nuestra miseria, nuestras penalidades y nuestra opresión, y el Señor nos sacó de Egipto con mano fuerte y tenso brazo en medio de gran terror, señales y prodigios. Nos trajo aquí y nos dio esta tierra, tierra que mana leche y miel. Y ahora yo traigo las primicias de los productos del suelo, que tú, Señor, me has dado" (Dt 26,5-10).

Este acto litúrgico terminaba con un banquete de fiesta al que se invitaban los familiares y amigos, y del que participaban también los levitas y los inmigrantes.

Vemos que se trata de una profesión de fe personal, que se hace en la primera persona del singular. Tras la reforma del Vaticano II durante unos años el texto del Credo se puso en plural: "Creemos en un solo Dios, Padre, todopoderoso…" Pero enseguida cayeron en la cuenta del error cometido y se corrigió volviendo otra vez a la fórmula en singular que es la que hoy está en vigor: "Creo en Dios Padre, Todo poderoso". Esta fórmula en singular es la que ya aparecía hace más de 2500 años en el texto del Deuteronomio: "Yo declaro hoy al Señor, mi Dios" (Dt 26,3), "Hoy traigo las primicias de los productos del suelo" (Dt 26,10).

Es la primera enseñanza bíblica. La fe tiene que ser apropiada por cada uno de una manera personal. Es personal e intransferible. No nos sirve la fe de nuestros padres, de nuestra patria, de nuestra cultura. No se hereda, como se heredan otras tradiciones o posesiones. Pero nuestra fe no es individualista; es una fe compartida y solidaria. Por eso el texto va jugando entre el singular y el plural: "Mi padre era un arameo errante… Los egipcios nos maltrataron". El credo lo proclama un individuo, pero un individuo arropado por una comunidad de hermanos.

La segunda enseñanza de esta profesión del Deuteronomio es que la fe debe ser proclamada en voz alta. No basta con creer en el fondo del corazón. No vale una fe privada, vergonzante, tímida, llena de respetos humanos. La fe debe ser expresada en público, con respeto, eso, sí, pero con valentía. No puede quedar confinada a la sacristía ni al interior de la comunidad de los creyentes. Me tengo que oír a mí mismo, y me tengo que sentir oído por los que me rodean. La fe debe ser expresada, porque todo lo que no se expresa acaba evaporándose en la insignificancia.

Dice el salmo 40: "He publicado tu justicia en la gran asamblea. Mira, no he contenido mis labios, tú lo sabes, Señor. No he escondido tu justicia en el fondo de mi corazón, he proclamado tu lealtad, tu salvación, no he ocultado tu amor y tu verdad ante la gran asamblea" (Sal 40,10-11).

En tercer lugar, la profesión de fe bíblica es un credo histórico, que consiste en una narración de las obras de Dios. No creemos en unas fórmulas abstractas, ni en unas verdades eternas intemporales. Creemos en el Dios de la historia que se ha manifestado con mano fuerte y brazo tenso a lo largo de la historia de salvación que termina en la muerte y resurrección de Cristo.

El credo recoge en una formulación sucinta aquella sabiduría que se ha ido decantando con el paso de los años, la experiencia acumulada de las obras de Dios en sus renglones derechos o torcidos. Job, al final de su terrible experiencia, decanta su sabiduría, y formula su credo en unas pocas frases: "Yo sé que mi Redentor vive y que al final se levantará sobre el polvo. Después que me quiten la piel, ya sin carne, veré a Dios. Yo mismo lo veré, y no otro. Mis propios ojos lo verán" (Jb 19,25-27).

Sería bonito redactar cada uno su propio credo. Tu credo puede ser la herencia más preciosa para legar a tus hijos. ¿En qué crees? O mejor, ¿en quién crees? La mentalidad postmoderna nos lleva a desconfiar de todos los grandes discursos; el pensamiento débil nunca está seguro de nada. ¿Hay algo de lo que no puedas dudar? ¿Hay algo en tu vida de lo que puedas estar seguro? ¿Hay algo o alguien por quien estarías dispuesto a dar tu vida? Formúlalo en tu oración. Ponle palabras a tu credo y luego escríbelo y recítalo. Job estaba tan seguro de su credo, que quería que "sus palabras se escribiesen, que se grabaran en un monumento, con cincel de hierro y buril, y que se escribieran para siempre en la roca" (Jb 19,23-24).

Quizás este sea el mismo credo que querrías que quedara grabado en el epitafio de tu sepultura. ¡Qué hermosos pueden llegar a ser algunos epitafios, a pesar de ser tan breves! No se me olvidará el impacto que me hizo descubrir un día por casualidad en el cementerio de Alicante la lápida de Miguel Hernández: "Soy alto de mirar a las palmeras".

En tu próximo rato de oración, dialoga con Dios sobre el contenido de tu credo. Consigna en él tus orígenes como arameo errante, tu experiencia de opresión en Egipto y tu experiencia del Dios liberador. Pon en la cesta un símbolo de todos los bienes que ya te han sido dados en Cristo, y confiesa que son solo las primicias de esa tierra que ya has empezado a poseer, pero de la que esperas aún recibir más y más bendiciones.
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