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39 Abogar por nuestro pueblo- ESCUELA DE ORACION

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Muchos sucumben a la sutil tentación de aprovechar los ratos de oración para contarle al Señor lo malos que son todos los que les rodean. El orante se convierte en el fiscal de sus hermanos y los acusa ante Dios con severidad, incluso exagerando sus crímenes y su culpabilidad, tomando distancia de ellos al subrayar la propia inocencia.

Una parte muy importante del ministerio profético y sacerdotal es el interceder por el pueblo que nos está encomendado. En el libro segundo de los Macabeos nos cuentan de un sueño que tuvo Judas Macabeo en le cual vio al profeta Jeremías que viene identificado con estas palabras: "Este es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por su pueblo y por la ciudad santa, Jeremías, el profeta de Dios" (2 Mc 15,14).

La Biblia nos cuenta una bonita historia sobre Moisés, que lejos de desentenderse de la gente malvada de su pueblo o de distanciarse de ellos, se hizo solidario de todos e intercedió por ellos ante Dios. Al bajar del monte con las tablas de la Ley en la mano Moisés ve que el pueblo se ha fabricado un becerro de oro y lo está adorando.

En este momento se inicia un curioso diálogo entre Dios y Moisés. Dios le dice a Moisés: "Tu pueblo, el que tú sacaste de la tierra de Egipto, ha pecado […] Veo que es un pueblo de dura cerviz. Déjame que se encienda mi ira contra ellos y los devore. De ti en cambio haré un gran pueblo" (Ex 32,7-10).

Moisés le responde: "¿Por qué se va a encender tu ira contra tu pueblo, el que tú sacaste de la tierra de Egipto?"

Es curioso cómo Moisés se defiende diciéndole a Dios: "No, no es mi pueblo, sino el tuyo". "No fui yo quien lo saqué de Egipto, sino tú. No me largues a mí esa responsabilidad que solo a ti te incumbe". Me prometes que me vas a hacer un pueblo nuevo, mejor que este. Pero yo no quiero otro pueblo mejor. Quiero este. Con ellos me he solidarizado hasta el final. "Perdónales su pecado, o bórrame a mí del libro que has escrito" (Ex 32,32)

Es simpática la forma de hablar que tiene Dios: "Déjame". Parece que le está pidiendo a Moisés: "Quítate de en medio, para que mi cólera se pueda encender. Deja de sujetarme los brazos, que no puedo actuar con libertad". Parece como si la intercesión de Moisés fuera el pararrayos que impide que la cólera alcance su destino. Moisés se ha colocado en la brecha de la muralla para no dejarle pasar a Dios. ¡Qué fuerza tiene la intercesión del hombre, que detiene el brazo de Dios!

Por supuesto hay aquí un antropomorfismo. Una lectura literal del texto podría dejar la impresión de que Moisés es el bueno, el compasivo, y Dios el malo, el rencoroso. Nosotros sabemos que no es así. Las entrañas de compasión de Moisés son solo un pálido reflejo de la compasión de Dios, que en el fondo quiere perdonar al pueblo y darle otra oportunidad. Pero para ello, Dios necesita hombres como Moisés que acojan esa misericordia escondida en Dios, que crean en ella y se hagan portavoces de ella. Dios necesita personas tan convencidas de la misericordia de Dios, que sean capaces de discutir con él sobre el tema, de luchar contra Dios a favor de Dios.

En el Nuevo Testamento tenemos otro precioso ejemplo de esta intercesión en la figura de San Pablo, que se había dejado afectar profundamente en su corazón por la tristeza de Dios al ver que sus hermanos judíos estaban rechazando a Cristo (Rm 9,3). Esta tristeza le llevaba a desear ser él mismo anatema, excomulgado, objeto de maldición, si fuera necesario, con tal de salvar a sus hermanos. Jesús mismo cargó con esa maldición al subir al madero, y se hizo maldición por nosotros (Ga 3,13).

Dice Bonhoeffer que "un responsable no debe quejarse de su comunidad; sobre todo no debe hacerlo ante los hombres, pero tampoco ante Dios; la comunidad no le ha sido confiada para que se convierta en su acusador ante Dios y los hombres. Si no damos gracias diariamente por la comunidad cristiana en la que estamos colocados, incluso cuando no haya grandes experiencias ni riqueza evidente, sino mucha debilidad, fe vacilante y dificultades; si en lugar de ello nunca hacemos otra cosa que quejarnos ante Dios por ser todo tan miserable, tan mezquino, tan poco de acuerdo con lo que hemos esperado... entonces impedimos que Dios haga crecer nuestra comunidad según la medida y la riqueza que nos espera a todos en Jesucristo".

En nuestra oración ante el supremo Juez ¿nos portamos como fiscales o como abogados defensores? Al fiscal le toca exponer todos los agravantes, y al abogado defensor, todos los atenuantes. Es propio del defensor explotar todos los indicios que puedan presentar a su defendido a la mejor luz posible, paliando sus errores, y resaltando sus puntos favorables.

Por ello la escuela de oración bíblica nos enseña a desterrar siempre de nuestra oración las acusaciones contra nuestros hermanos. Nunca debemos acusar a los miembros de nuestra comunidad ante Dios, como si ellos fuesen los malos y nosotros los buenos. Más bien que distanciarnos de ellos, nos debemos hacer solidarios con ellos, abogar por ellos ante Dios, recordar las cosas buenas que hay en ellos.

La maldad más refinada es la de quererse salvar uno a solas, o considerarse uno a sí mismo como el único superviviente del naufragio. Dostoyevski tiene un cuento muy triste en su novela Los hermanos Karamazov.

"Érase una vez una campesina malvada que murió sin haber hecho ninguna obra buena. Fue arrojada en un estanque de fuego. Su ángel de la guarda le recordó a Dios que una vez aquella mujer había arrancado una cebolla de su jardín para dársela a una mendiga. Dios quiso darle una última oportunidad y le dijo al ángel: "Échale esa cebolla a la mujer para que se agarre a ella y sácala así del lago de fuego. Pero si la cebolla se rompe, se quedará allí eternamente".

El ángel se acercó a la mujer y le ofreció la punta de la cebolla y empezó a tirar de ella suavemente.

Entonces todos los pecadores del lago se agarraron a aquella mujer para poder salir ellos también. Pero ella se desembarazaba de todos diciendo: "Yo sola me salvaré. La cebolla es mía y no vuestra".

 Y pateaba a cuantos intentaban agarrarse a ella.
Con la violencia de su pataleo la cebolla se rompió y la mujer volvió a sumergirse en el lago.
El ángel no pudo sino llorar de pena".
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