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14 Luchar con Dios: Jacob en Penuel



En nuestro capítulo anterior hablábamos de Jacob como maestro de oración en Betel, ahora seguiremos mostrándole como maestro de oración en una segunda experiencia fuerte de encuentro con Dios.

Han pasado muchos años. Las circunstancias han cambiado totalmente. Dios le ha cumplido a Jacob la promesa que le hizo en Betel. En la tierra de su exilio Dios lo ha bendecido con una familia numerosa y con toda clase de riquezas. Jacob no es ya aquel pobre fugitivo que no tenía donde reposar su cabeza en la huida. Ya no está solo, sino que le acompañan sus esposas, sus hijos y sus rebaños. Podría haberse quedado a vivir en Aram para siempre, y disfrutar de sus bienes en paz por el resto de su vida.

Pero Jacob tenía una asignatura pendiente con su pasado, y una vocación que cumplir. Uno no puede impunemente huir de los fantasmas del pasado. Allí en Canaán vivía todavía su padre anciano. Dios quería que Jacob volviese a Canaán, porque era allí donde tenía que realizar su vocación de ser padre de un pueblo numeroso.

Pero en Canaán estaba su hermano Esaú, que no le había perdonado todas sus artimañas. Esaú era fuerte y poderoso. Tenía un ejército de pastores que podría destruir toda la prosperidad que Jacob se había labrado en el extranjero. Volver al pasado, volver a Canaán, era correr el riesgo de perder todo aquello que Jacob se había labrado tan fatigosamente.

A pesar de todo, tomó la decisión de volver al lugar de donde había tenido que huir muchos años antes. Estaba dispuesto a enfrentarse con las asignaturas pendientes, y ante todo a exponerse al deseo de venganza de su hermano Esaú. Jacob quería reconciliarse con su hermano y remediar los errores del pasado. Pero no sabía cómo iba a reaccionar Esaú.

Ya cerca de Canaán, a punto de penetrar en la tierra de sus padres, Jacob volvió a tener miedo. Había enviado mensajeros a su hermano con regalos, pidiendo que le perdonase, pero aún no sabía cuál sería su reacción.

El momento decisivo fue el cruce del vado del Yabboq ya muy cerca de Canaán. Este momento supuso para Jacob lo mismo que el cruce del Rubicón para Julio César. Aquella noche tensa, Jacob volvió a tener un encuentro con el ángel de Dios que le quería impedir el paso y se interponía en su camino. ¡Qué extraño! El mismo Dios que le había pedido volver a Canaán, es ahora el que le pone impedimentos para que cumpla su vocación. Jacob no cede y pugna por pasar, peleando contra Dios toda la noche hasta despuntar la aurora. Jacob lucha contra Dios precisamente para poder cumplir la voluntad de Dios. Es una situación absurda, incomprensible para todo el que no ha pasado por ella.

Esta escena en Penuel, nos muestra la oración como un combate contra Dios a favor de Dios. Jacob le dice al ángel: "No te soltaré hasta que no me des tu bendición" (Gn 32,27), hasta que me dejes pasar. Esta es la enseñanza para nuestro taller de oración: ¿Qué significa luchar a brazo partido con Dios en la oración? Significa no darse por vencido fácilmente cuando las circunstancias nos son adversas. No responder a la ligera diciendo comodonamente: "¡Será señal de que Dios no quiere que pase!" Hay muchos que interpretan las dificultades en el camino como señales de Dios para que no pasen, y en lugar de seguir porfiando, renuncian a avanzar, alegando que fue Dios mismo quien no les dejó que pasaran.

A menudo veces no queremos insistir, ni ponernos pesados en la oración. Nos limitamos a expresar una vez nuestros deseos, a hacer una intentona, y si no sale a la primera, creemos que con eso ya hemos cumplido y nos volvemos atrás. Si Jacob se hubiera dado por vencido aquella noche y nunca hubiese cruzado el Yabboq, se habría frustrado su vocación de ser padre del pueblo de Israel. Nuestra apatía a veces se disfraza de abandono en la voluntad de Dios, de indiferencia, pero en el fondo es sólo pereza, y falta de fe en el poder de la oración.

Es cierto que en muchas ocasiones nos debemos abandonar a la voluntad de Dios, sin pedir nada en concreto, porque él sabe mejor lo que conviene. Así oró María en Caná, y las hermanas de Lázaro en Betania, como ya expusimos en el capítulo 19 de este libro.

Pero otras veces esta solución es facilitona, y no responde a la práctica bíblica, ni a la psicología del hombre. Hay casos en los que la voluntad de Dios es tan evidente, que no vale decir que no sabemos cuál es su voluntad. Hay casos en que Dios me necesita a mí para pueda cumplirse su voluntad, y para eso quiere que yo fomente en mí ciertos deseos que me capaciten para ser mejor instrumento suyo.

Entonces hay que luchar contra Dios en la oración como Jacob, y no rendirse antes de tiempo, porque Dios cuenta con nuestra lucha y es el primero que se sentiría enormemente decepcionado si nos diésemos por vencidos antes de tiempo. Dios se deja vencer por nuestros deseos y nuestros ruegos. Si ya estuviera todo decidido sin nosotros, tendría razón el fatalismo musulmán, y no tendría sentido la oración ni en este caso ni en ninguno. Jacob nos enseña que hay que seguir luchando contra Dios toda la noche y amenazarle con que no le vamos a soltar hasta que no nos haya dado su bendición.

Pero la de esta crisis ya no puede ser triunfalista. Como dice Leclerc, "quien ha luchado durante toda la noche con uñas y dientes con Dios para ser bendecido por él, ése no reemprende su camino a la mañana siguiente, si no es cojeando. Sabe, sí, que el Espíritu de Dos se manifiesta también en la pobreza de una existencia herida y que habita en el "corazón quebrantado". Israel salió de la experiencia del exilio sin hambrear ya pasadas glorias. "Quiéralo o no, Israel está marcado por el exilio, sale de la gran tormenta lisiado y con una mirada que ya no se deja deslumbrar por las grandezas frágiles de la historia".
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