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03 El grito de guerra-Escuela de oración


Israel aprendió a orar en el campo de batalla. Si quieres aprender a orar, éntrate en la mar. El valor es la cualidad fundamental para ir al combate. Por eso en todas las culturas ha habido algunos recursos para acrecentar el valor y la moral de las tropas: las marchas marciales acompañadas de ritmo guerrero, las arengas del general que exhorta a los soldados con entusiasmo... Antiguamente se utilizaba el grito de guerra, que nosotros conocemos por las películas del Oeste. Los indios daban el grito de guerra yendo al combate.

Este recurso tiene un doble efecto: disipar el miedo del corazón de los guerreros propios, y espantar al enemigo. Cuando dentro del círculo de las carretas se escuchan los gritos de los indios en mitad de la noche, se les hiela la sangre en las venas a los colonos blancos.

El libro de los Números dice: "Cuando ya en vuestro país vayáis a la guerra contra un enemigo que os oprime, sonaréis las trompetas a clamoreo. YHWH se acordará de vosotros y seréis liberados de vuestros enemigos" (Nm 10,9).

Para designar el grito de guerra en hebreo se usa una raíz verbal que originalmente pudo significar romper los tímpanos con un ruido muy fuerte. Existe también el sustantivo Teru’ah. Estas palabras se traducen normalmente en nuestras Biblias castellanas como "aclamar", "aclamación". Podemos ver que el sustantivo "aclamación" y el verbo "aclamar" vienen acompañados habitualmente de otras expresiones de ruido, el bramido del mar, los aplausos, los gritos, el ruido de los truenos... La aclamación es una experiencia ruidosa, bien distinta del silencio o de la quietud característicos de la contemplación, la meditación trascendental o el Zen.

En este alarido resonante se aclama la presencia de Dios en medio de las filas propias. No se trata de una súplica insegura y vacilante. Los israelitas reconocían la presencia del Dios de los ejércitos entre ellos como garantía de victoria que aclamaban de antemano como si ya hubiese tenido lugar. El que aclama no pide nada, se limita a cantar la victoria por anticipado. "Si Dios con nosotros, ¿quién contra nosotros?" (Rm 8,31).

Sabemos que todo el pueblo lanzaba un grito simultáneamente como respuesta al sonido de las trompetas de plata que se usaban para esta ocasión, las "trompetas de aclamación". La Biblia reseña este efecto al contarnos el momento en que el arca de la alianza llegó al campamento israelita para la batalla decisiva contra los filisteos: "Todos los israelitas lanzaron un gran clamor que hizo retumbar la tierra. Los filisteos oyeron el estruendo del clamoreo y dijeron: ‘¿Qué significa este gran clamor en el campamento de los hebreos?’ Temieron entonces los filisteos" (1 S 4,5-7).

Cuando tenemos que atravesar un lugar oscuro y amenazante, nos recomiendan avanzar cantando para que nuestra voz y nuestro canto disipen nuestro miedo. Podemos transferir este medio de vida a las numerosas batallas que tenemos que librar hoy día contra nuestros miedos. "No luchamos contra adversarios de carne y sangre, sino contra los principados, las potestades, las potencias de este mundo de tinieblas, contra los espíritus del mal" (Ef. 6,10-12). El creyente a veces se deja vencer por el miedo a las dificultades en su compromiso cristiano y se siente tentado a sucumbir al pánico.

Pero en lugar de dejarnos dominar por el miedo, hay que saber reaccionar con fuerza y cantar un canto de victoria. Hay que hacerse fuertes en el Señor y gritar bien fuerte. Ningún enemigo huirá delante de un ejército vacilante que no sabe gritar con fuerza. Los muros de Jericó no caerán ante un ejército que no ha aprendido a dar la aclamación (Jos 6,20). ¡Con qué poca energía y convicción cantamos muchas veces en la iglesia! el pueblo cristiano tiene que aprender a cantar de nuevo.

Si seguimos creyendo que el poder de nuestros enemigos es irresistible, si vemos a los enemigos como gigantes y a nosotros mismos como saltamontes (Nm 13,33), nos dejaremos llevar del pánico. Y el pánico es el peor enemigo de un ejército.

Pero cuando aclamamos el poder del Señor frente a los enemigos, descubrimos que éstos desaparecen ante nosotros. "Sí, ciertamente se cubrirán de vergüenza y sonrojo los que se inflamaban contra ti. Serán aniquilados y perecerán los que te buscaban querella. Buscarás a tus adversarios y no encontrarás a los que te hacían la guerra" (Is 41,11-12).

M.L. King decía: "El miedo llamó a la puerta. La fe salió a abrir. No había nadie". Y el libro de Judit: "Entonces mis humildes gritaron y sus enemigos se acobardaron. Mis débiles clamaron y ellos quedaron aterrados. Alzaron su voz y sus enemigos se dieron a la fuga" (Jdt 16,11).

Uno de los libros más publicados en el siglo XX ha sido el libro de un pastor evangélico. Se titula "El poder de la alabanza" y recoge cientos de testimonios de personas que han encontrado en la alabanza la fuerza para superar tremendos fracasos y limitaciones.

La alabanza libera de los enemigos (Nm 10,9), rompe nuestras prisiones (Hch 16,25), derriba los muros que se oponen a nuestro paso (Jos 6,5), reanima el ánimo abatido (Is 61,3), nos cura y nos guía (Is 57,18), atrae sobre nosotros la ternura de Dios (Sal 40,10-11) y nos hace caminar a la luz de su rostro (Sal 89,16).

La última referencia bíblica al grito de guerra la encontramos en el libro del Apocalipsis. Una de las claves de lectura del Apocalipsis es el de la guerra santa, entendida en un sentido metafórico bien distinto del de la yihad musulmana. Entre los paralelismos con la guerra santa podemos incluir el grito de guerra que aparece tan frecuentemente en el libro, sobre todo en el cántico del Aleluya: "El ruido de una muchedumbre inmensa en el cielo que clamaba: "¡Aleluya!" (Ap 19,1). "El ruido de una muchedumbre inmensa como el mugido de las grandes aguas, como el rugido de violentas tormentas que clamaba: "¡Aleluya!" (Ap 19,6; 14,2).

Ya en nuestra vida tenemos que ir ensayando en la oración este canto del Aleluya, para no desentonar cuando nos toque cantarlo en el cielo. Nuestra alabanza aquí en la tierra va afinando la garganta y los instrumentos para participar en el Aleluya eterno.
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